viernes, 26 de abril de 2013

Un nuevo comienzo

Aquél lugar muerto por tanto tiempo comenzaba a brotar de nuevo, de una manera súbita, especial y bellamente mágica. Aquél lugar a los pies de las montañas de cumbres ligeramente nevadas que un día estuvieron recubiertas por el odio y sembradas por la muerte, hoy era un silencio mágico, iluminado por los últimos rayos de sol que se escondían lentamente en dirección opuesta y que iluminaban un espléndido arco iris lunar, cruzando de un lugar a otro la planicie y muriendo entre dos bastas torres enormes surgídas de un pequeño bosque que tapiaba y abrazaba unas ruinas antiguas, fruto de un pasado de modernos y lujosos edificios que se hallaban firmes en una estepa árida.
Tal y como había cambiado de manera súbita aquél lugar, el cielo comenzaba a dejar ver tímidamente la vía láctea, que intentaba destacar frente a la radiante luna llena y el sol anaranjado que terminaba de morir lentamente. Desde no hace mucho, el agua también había vuelto a fluir, saliendo de una pared de granito que soportaba sin descanso la presión con la que salía aquél cristal líquido, poseedor de la capacidad de revivir a cualquier sediento viajero por cansado que estuviera. Aquella agua corría por unos pequeños rápidos muy bifurcados, que se abrían paso entre unas suaves y lisas lanchas de piedra que todavía guardaban algo de calor que el sol les había proporcionado durante el día. Y el agua dejaba de correr cuando llegaba a un cráter, para inundarlo continuamente e intentar, sin éxito, tapar por completo una figura metálica con forma humanoide que sobresalía con majestuosidad de aquella agua que la corroía poco a poco a pesar de lo desgastada y rota que estaba, como una ruina más de todas las que la madre naturaleza se había encargado de cubrir lentamente y sin prisa.
Con andares grandiosos, un tigre blanco con un pelaje que brillaba con un fino toque anaranjado caminaba lentamente hacía las aguas que corrían avidamente sin descanso entre las lanchas, para acercarse a calmar su sed. Aquel majestuoso ser, posiblemente el último que quedaba en la faz del inmenso planeta, acercó su hocico y abrió la boca, dejando ver una lengua rosada que salía entre dos grandes y puntiagudos colmillos para sorber aquél néctar de la vida, que a su vez mojaba los bigotes con una delicadeza un tanto abrupta. Todo ello de una manera lenta y tranquila, como el sonido suave que producía el viento al silbar entre los árboles de aquellas tierras.
Unos metros de donde aquel magnífico tigre calmaba su sed, una chica estaba recostada sobre las lanchas, mirando como el cielo se cubría lentamente de estrellas a través de unos ojos pardos que conjuntaban con su pelo ondulado. Despertando de su sueño que había tenido despierta, la chica se percató de la presencia del tigre. Se incorporó y el tigre la miró fijamente con sus ojos cristalinos, como aquella agua que brotaba no muy lejos de allí, quedándose ambos mirándose fijamente, mientras aquella máquina que sobresalía del lago contemplaba a aquellas dos figuras vestidas de blanco, ambas de tacto suave, ya que una poseía un suave vestido de algodón mientras que la bestia tenía un fino y largo pelaje rayado. De repente aquella chica, que más que una chica parecía una ninfa, esbozó una sonrisa mientras que con la mano derecha empujó el agua en dirección a aquella criatura con intención de salpicarla, tal y como si fueran dos niños que jugaban en el mar.
Ante eso, el majestuoso tigre emitió un gemido y se agachó ligeramente mientras se tapaba con una de sus garras los ojos, como si hubiera pasado a ser una pequeña criatura indefensa. La chica, sonriendo, cruzó aquel pequeño paso de agua que los separaba y lo abrazó de una forma cariñosa, a lo que el tigre respondió con otro gemido más largo. Y allí se quedaron observando el nacimiento de las estrellas y de la noche, cubriendo con un tenue resplandor aquel paisaje completamente  mágico. Mientras el espectáculo natural continuaba sin cesar, la chica besó la frente de la temida bestia, y le susurró:
- No te preocupes, se que algún día volveremos a verle.
Mientras ambos cruzaban una mirada con aquella máquina humanoide, agujereada y corroída que se mantenía apoyada sobre una rodilla, y parecía que intentaba levantarse y salir de aquél lago y volver otra vez a andar.

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